La vanidad es buena cuando se trata de sentirse bien con nuestro propio cuerpo, tanto de los hombres y especialmente de las mujeres en relación a su belleza física.
Esto ha llevado a buscar desde hace siglos, tintes naturales o compuestos para mejorar la apariencia del cabello ya sea manteniendo el color, cambiando el tono o cubriendo las canas que muchos conceptúan como signo de vejez o también para cuidar su propio cuerpo.
Pero la vanidad se define como un cierto tipo de arrogancia, engreimiento y deseo de ser admirado por los propios méritos, una percepción que el vanidoso transmite sobre sí mismo a todo el que lo escuche y que, por lo general, no es compartida por casi nadie, aunque siempre se creen con derecho a ello y lo hacen valer si su posición social y económica se lo permite. Ciertamente, si hay un rasgo que identifique la vanidad es su carácter insaciable, trascendiendo incluso la propia existencia. El vanidoso puede preocuparse hasta de lo que dirán de él una vez muerto y enterrado. En el fondo la vanidad demuestra un cierto grado de infelicidad, inmadurez y de vacío interior. “Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”.
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